| SOBRE LA OBRA
Llega un día, no se sabe muy bien cuándo,
en el que los relojes empiezan a moverse. Se ha terminado
la edad sin límites; a la chica alguien le deja caer
un “usted” en una conversación; al chaval le da la impresión,
un día, inopinadamente, de que sus padres ya no son
sus padres, entes protectores o cuerpos – poco, por lo general
– represivos, sino unos viejitos a los que hay que mimar un
poco. Y de pronto sucede que ya no es la primera vez de casi
nada y que, como dijo el otro, o poco más o menos,
empieza a hacer quince años de bastantes cosas.
Eso le pasa a casi todo el mundo, lo de cumplir los treinta.
A ver si ahora va a ser un trauma. Pues un trauma no, pero
sí es un momento en el que la perplejidad baña
muchas sensaciones y el joven, la joven de ayer mismo se encuentra
metido y metida en otra piel. Le pasa a todo el mundo, pero
a nuestros cinco protagonistas les pasa ahora. Nuestros cinco
protagonistas se enfrentan a este momento extraño,
como todos, sin un manual de uso. Como si alguna vez leyésemos
los manuales de uso. No, claro. El problema es que aquí
no vale lo de llamar a un amigo más listo, porque las
fichas de juego de nuestros protagonistas son diferentes.
Nacieron en los setenta.
Los nacidos en los setenta han dejado de ser los niños
felices. Miran el mundo que les toca y encuentran un paisaje
desolado. No les valen las batallitas de los otros. Se paran
en el borde, un momento antes de saltar. Se defienden con
el humor de la perplejidad y del vértigo. El vértigo
es algo que no se explica, que no se aprende. A nuestro vértigo
lo hemos titulado Hoy es mi cumpleaños. Se lo hemos
robado a la obra póstuma de Tadeusz Kantor. Es bueno honrar
a los padres.
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